La caída de WhatsApp muestra cuando dependemos de WhatsApp

Ayer se cayó WhatsApp, en una noticia que no sorprendió a nadie a la vez que afectó a todos porque seamos serios: hoy todo el mundo usa WhatsApp. Incluso los que dicen que no, como yo. Igual lo tengo instalado porque sí.

Y es que una caída de WhatsApp como la de ayer 3 de mayo demuestra el éxito de sus creadores a la vez que sirve de ejemplo de la dependencia de la herramienta como sistema de mensajería. Hoy WhatsApp es casi una aplicación por defecto en los celulares y aún más transversal que Facebook Messenger porque si bien todavía hay gente que se resiste a entrar a Facebook, ya son pocos los grupos familiares que se resisten a WhatsApp.

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Esto último pese a que, como “aplicación de mensajería”, WhatsApp es demasiado limitada. Lo que no es lo mismo que ser una mala aplicación, que en lo absoluto lo es. Pero las limitaciones de WhatsApp son demasiado patentes luego de usar una competencia directa como Telegram que permite integrar un montón de dispositivos y pantallas sin cerrarse solo a que el teléfono tenga conexión o no. Pero que más da; hoy, el mundo se volvió dependiente de WhatsApp porque es el lugar donde todos están, aunque sea para mandar memes como el del africano con la toalla verde.

Y por eso es que si se cae WhatsApp, la gente corre en círculos sin saber que hacer, casi como si no existiera otra forma de comunicarse. Varios de mis contactos ayer aparecieron uniéndose por primera vez a Telegram y probablemente no vuelvan a tocar la aplicación porque que más da, a las dos horas WhatsApp ya estaba arriba otra vez y eso significa que todo sigue normal.

Mientras tanto, Facebook entrega un escueto comunicado diciendo que el problema fue solucionado a las horas de haberse generado y que todo volvió a la normalidad. O lo que es lo mismo: a la dependencia de WhatsApp.

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