Justice League, o el triunfo de la fórmula de Marvel

Previo a su estreno, las expectativas con Justice League eran altas pero a la vez cautelosas. Y es que si bien los tráilers hacían ruido para bien, lo contrario pasaba cuando se sabía de regrabaciones o incluso un cambio de dirección (aunque en los créditos sigue apareciendo Zack Snyder como director).

De todas formas, y sin lugar a dudas, la eterna interrogante estaba en saber si después de la amada y odiada Batman v Superman, Warner y DC iban a ser capaces de dar con una cinta que les permitiera estar a la altura de lo que han hecho Disney y Marvel. Wonder Woman fue un paso certero pero, de una u otra forma, Justice League tenía que ser algo más grande que las películas de los héroes por separado.

Ahora bien, mi motivación para escribir de esto (sin ser yo un crítico de cine ni nada remotamente parecido) es por el hecho de que Justice League, pese a valorarla como una película super bien armada y estructurada, tiene algo que no me termina de convencer. Y, al menos para mi, la explicación a ello tiene que ver justamente con su principal competencia.

Pero lo primero es lo primero. Justice League no cae en (casi) ningún agujero argumental de esos que la versión vainilla de Batman v Superman tenía. Me gusta mucho esa película -más todavía en su versión extendida- pero no soy ciego y es evidente que el armado final se cae en cuestiones ilógicas incluso para el cine de superhéroes.

Justice League llega con el letrero de “nos dimos cuenta de los errores de BvS y miren, lo arreglamos”. Desde el comienzo se explica todo muy bien. Superman está muerto y el mundo podría estarlo también debido a una nueva e inminente amenaza. Batman no tiene más poder que unos cochinos dólares, está viejo, no es capaz de luchar solo y ya en la anterior película había echado a andar un plan para encontrar a seres más extraordinarios que él que pudieran ayudarlo.

Entonces, uno tras otro, hacen acto de aparición Cyborg, Aquaman y Flash; los tres, con un origen que se explica sin sobresaltos en los pocos minutos de metraje dedicado a ello. Sumando a Wonder Woman, el equipo está (casi) completo y listo para enfrentar a Steppenwolf y sus parademonios.

Hacia la mitad de la película, a menos que hayan estado mirando el celular, durmiendo o quien sabe que otra cosa, todos los espectadores deberían tener bien claro que hacen esos seis cinco tipos peleando juntos y qué es lo que los une, amén de una pequeña explicación de sus orígenes en este universo en particular. Nada muy largo, pero suficiente para evitar preguntarse “quién es este y qué hace acá”.

Lo que Justice League no tiene es algo que en sus antecesoras se intentó siempre hacer, con mejores o peores resultados: explicar a los superhéroes y su trasfondo de una manera un poco más terrenal. En Man of Steel a Superman se le mostró, primero, como un tipo no común tratando de ser común y lidiando con algo que no podía entender. Claro, era una película sobre Superman y la primera post “Batman de Nolan” para DC, por lo tanto hacerlo de esa forma era casi lo normal.

Batman v Superman intentó algo similar (con errores y aciertos) para contar los por qué. Dedicándole menos minutos en total, pero lo hacía; en ese caso, explicando la relación casi enfermiza de Batman y Clark Kent. Y por su parte, la exitosa Wonder Woman bien podría ser una película de orígenes.

Personalmente, las películas de superhéroes las he disfrutado más cuando toman un concepto super irreal -los superhéroes como tal- y le dan un contexto creíble. Las dos primeras Superman de Richard Donner hace casi 40 años hicieron eso. Las dos primeras Batman de Tim Burton, también. Los X-Men se me hacían interesantes por el mensaje de fondo, ilustrado en la lucha discriminatoria entre mutantes y humanos comunes. La trilogía de Nolan es el punto cúlmine de esa propuesta, cerquita de la trilogía aún por terminar de Unbreakable/Split/Glass de Shyamalan (que nada tiene que ver con superhéroes de casas editoriales, pero siguen siendo superhéroes).

Esas películas son todas acerca de hombres y mujeres de habilidades excepcionales, con historias mundanas. Héroes increíbles en situaciones todo lo contrario.

Justice League, en cambio, tiene muy poco de eso, casi nada. Justice League es DC en un nuevo rumbo, uno muy ágil, entretenido, argumentalmente bien armado y con una presentación soberbia (eso sí, el CGI de Superman sin bigotes se ve muy raro). La historia se cierra bien, los personajes tienen estilo, Flash se roba buena parte de la atención con sus intervenciones graciosas/incómodas y hasta las escenas post créditos tienen algo que decir (una más que la otra).

Pero por contrapartida, Justice League no tiene esa mundanidad en las historias de los protagonistas que hacía las películas del universo de DC diferentes al resto, aún con todos sus errores.

(Excepto Suicide Squad).

Saliendo de la sala del cine, quedé con una sensación rara: la de haber visto una buena película pero sin el espíritu de las cintas de superhéroes con las que crecí (Donner y Burton) o algunas de las que más me gustaron y que vinieron después. Justice League es una marca encontrando su lugar en el mundo haciendo, básicamente, lo mismo que su principal rival: tomando un concepto irreal y tirando pa’elante haciéndolo aún más irreal, total que importa. Son superhéroes.

No es que eso sea malo, porque no lo es; el formato del MCU está aceitado y ha probado ser muy exitoso para Disney. Sin embargo, esas películas de superhéroes, bajo ese formato, nunca me han parecido memorables más allá de las dos horas que dura la proyección.

Hace un tiempo atrás, Zack Snyder aseguró que gracias a la trilogía de Nolan, DC encontró el tono que los separó de Marvel. Y sin embargo, me cuesta mucho ver aquella separación en esta película. Para lo bueno y lo malo, Justice League es el triunfo de la fórmula de Marvel.

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